Un nuevo estudio de la Universidad de California en Berkeley, publicado en Harvard Business Review, ha destapado una realidad incómoda sobre la inteligencia artificial en el trabajo. Durante ocho meses, los investigadores Xingqi Maggie Ye y Aruna Ranganathan observaron a los empleados de una empresa tecnológica de 200 personas que había adoptado herramientas de IA generativa. La conclusión contradice el discurso optimista: la IA no está liberando tiempo, sino intensificando la jornada laboral de formas que pocos anticipaban.
Los investigadores identificaron tres patrones claros. Primero, la expansión de tareas: product managers empezaron a escribir código, diseñadores asumieron funciones de ingeniería, y casi todos ampliaron su radio de acción porque la IA hacía que todo pareciera posible. Segundo, la erosión de los descansos: los empleados comenzaron a enviar instrucciones a la IA durante la comida, entre reuniones o justo antes de irse a casa. Tercero, el multitasking extremo: la gente gestionaba varios agentes de IA simultáneamente, manteniendo múltiples proyectos abiertos a la vez.
Lo más inquietante del estudio es que nadie obligaba a los trabajadores a hacer más. La empresa no había impuesto cuotas ni objetivos adicionales. La presión era autoimpuesta. Los empleados describían la interacción con la IA como «charlar con un amigo» en lugar de «trabajar». Esa falta de fricción eliminaba los puntos de parada naturales. Como resumió un ingeniero: «Pensabas que, como podías ser más productivo con la IA, ahorrarías tiempo y trabajarías menos. Pero no trabajas menos. Trabajas lo mismo o incluso más».
El problema se agrava cuando la dirección observa lo que ocurre. Los gerentes, al ver que los empleados pueden producir más gracias a la IA, comienzan a esperar mayores volúmenes de trabajo en menos tiempo. Lo que empieza como una iniciativa voluntaria de los trabajadores se convierte, en cuestión de meses, en el nuevo estándar de rendimiento. La productividad individual aumenta, pero también lo hace el estrés, la fatiga cognitiva y la sensación de no poder desconectar nunca.
A Harvard study found that AI can make work harder rather than easier
As employees became more productive with AI managers began expecting faster turnaround and higher workloads pic.twitter.com/ChSgat7aqF
— Dexerto (@Dexerto) March 2, 2026
Los investigadores proponen una solución que va más allá de «poner límites». Sugieren que las empresas desarrollen una «práctica de IA» deliberada: pausas intencionadas antes de tomar decisiones importantes, secuenciación del trabajo en fases en lugar de respuestas inmediatas, y espacios protegidos para la conexión humana que interrumpan el diálogo constante con las máquinas. La moraleja es clara: la IA no es buena ni mala por sí misma. Depende de si dejamos que nos acelere sin control o si aprendemos a usarla con intención y, sobre todo, con humanidad.
